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“Cimarrón”, de Romina Paula: en busca del teatro salvaje

Luciano Sáliche/INFOBAE
presenta cimarrón

La obra dialoga de forma extraña con el presente. Hay una suerte de defensa de la ingenuidad frente al cinismo exacerbado. ¿Y qué son las redes sociales sino un cinismo exacerbado? Desde este punto de vista, Cimarrón tiene actualidad. De hecho, en un momento, uno de los personajes pregunta: "¿Se puede decir "amor, arte, poesía" sin quedar como pánfilo?" La pregunta queda resonando en el aire, nadie la responde, entonces los tres actores empiezan a gritar esas tres palabras: amor, arte, poesía. Lo repiten, lo gritan, durante un largo rato. ¿Se puede decir "amor, arte, poesía" sin quedar como pánfilo? "Sí, la obra conversa con eso. En las redes sociales es muy fácil ser cínico. Y al mismo tiempo ese cinismo protege bastante, uno se halla protegido, y no te permite pensar un poco más. Es un lugar muy seguro, y nadie te puede atacar, porque vos ya pensaste de qué modo te podían atacar. Pero si das un pasito más sí corrés el riesgo de que te vapuleen", comenta.

Romina Paula le tiene un gran respeto al teatro. Sabe que las cosas tienen sus ciclos y de pronto, cuando uno menos se lo imagina, el ritmo se pierde. Hay que saber cuando parar. Saber hasta cuándo tirar de la cuerda. "Es tan delicado el objeto obra de teatro que si no estás con todo ahí no funciona. Si no me siento como poniéndome el jean ajustado a los 38, algo que ya está", explica. Cimarrón finaliza el 30 de julio, hay funciones de viernes a domingo a las 18 horas. Luego se termina, con pena o con gloria pero se termina. Después vendrá otra cosa, ya sea cine, literatura o teatro nuevamente. O también, televisión: acaba de terminar el guión -junto con Gonzalo Demaría- de El maestro, el unitario de Pol-ka que cuenta con Julio Chávez y Adrian Suar como protagonistas y sale en septiembre en la pantalla chica. "Sentí mucho lo del oficio. Para mí fue nuevo tener un jefe en algo artístico. Tenés que poner tu cuerpo y tu mente al servicio de otra persona. Sos vos pero tratando de satisfacer otros intereses y decís 'bueno, a lo mejor mi idea no es la mejor para este producto'. Lleva mucho trabajo."


– ¿Cómo llegó la escritura a tu vida?

-Siempre escribí, desde chica. Me gusta mucho leer, viste que viene siempre junto. Quería ser escritora cuando era chica, pero también abogada, como esas abogadas que resuelven casos en los tribunales orales de las series norteamericanas, y también profesora de educación física. Así que imaginate, alguna de esas. Tampoco me lo tomaba tan en serio. Cuando terminé la secundaria empecé Letras en Puán y empecé a estudiar teatro. Cuando empezó la adultez, empecé a hacer en paralelo ambas cosas. Dejé Letras por cosas mías, de la cabeza, y empecé a full con teatro. De chica leía obras de teatro, como Sartre, pero lo pensaba como literatura. ¿Viste que la escritura teatral está como exiliada de la literatura?

– Por último, ¿qué función creés que tiene el teatro en la sociedad?

– El teatro es una de las artes más atávicas, preexiste a la literatura porque viene de la oralidad. De hecho, uno pregonando en Grecia, ¿es literatura o es teatro? Si es una persona hablando y otra la está escuchando me parece que se asemeja más al teatro, aunque después eso fijado se convierte en literatura. Después me parece que el teatro es lo más popular que hay, porque es una persona mirando a otra persona que habla o canta o se mueve; todo eso entraría dentro de lo que es teatro. Además es un fenómeno que no demanda mucho, y creo que todas esas manifestaciones tienen la posibilidad de modificar, tanto al espectador como al que lo hace. Es el concepto de catarsis como lo usaban los griegos. Me parece súper revolucionario eso y creo que el fenómeno en sí mismo no se perdió, es como un ritual. Claro que hay gente que no va al teatro, pero va a un recital de música y creo que comparte algo de lo escénico ahí. Además, el arte tiene irremediablemente esa responsabilidad social, tiene ese potencial. A veces sucede y otras veces, no. El acto de hacer una obra, una canción o escribir una novela tiene como finalidad interpelar a alguien y modificarlo, o hacerlo pensar al menos un segundo las cosas desde otro punto de vista. Ahora, si uno tiene ese único motivo, se vuelve muy pedagógico. Pero aunque uno quiera o no, eso sucede.
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